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08/06/2015

La siesta, una costumbre natural

La siesta, contrariamente a lo que la gente cree a nivel popular, no es solamente un periodo de sueño después de la comida, sino que la siesta es cualquier periodo de sueño que se da durante el día, a cualquier hora. La palabra siesta viene de la hora sexta romana. Esta hace referencia a la sexta hora solar. En la antigüedad, en esa hora sexta se hacía una parada en la jornada para descansar.
La siesta, una costumbre natural

Otro aspecto a tener en cuenta es que la siesta no es un fenómeno exclusivo del clima o de la cultura mediterránea, sino que es un fenómeno internacional que se da en todas las culturas. Lo que cambia de unos países a otros es el horario en el que se duerme la siesta. Varía desde países como Sudáfrica o Vietnam, que duermen una siesta entre las 11:00 y las 13:00 horas, algo que sería imposible en nuestra cultura, y nuestro país, que tendría el horario más tardío, entre las 15:00 y las 17:00 horas.  Sin embargo, en los países mediterráneos se ha convertido en una saludable tradición. Camilo José Cela la llamó “yoga ibérico” por la gran afición de los españoles a esta práctica.

Diversos estudios han demostrado que es beneficiosa para la salud, tanto física como psicológica. Por ejemplo, mejora la capacidad de concentración y el rendimiento, nos ayuda a estar más alerta, a reponer fuerzas, disminuye el estrés y mejora el estado de ánimo, entre otras. También es beneficiosa para el corazón, ya que disminuye la presión arterial durante el día, normalizándola durante el periodo de la siesta, sobre todo si el día está siendo estresante. Por lo tanto, su práctica habitual reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Actualmente la siesta está cobrando importancia ya que, debido a los ritmos que impone la sociedad actual, estamos perdiendo horas de sueño, aunque no podemos tomarla como un sustituto del sueño nocturno. Muchas grandes empresas a nivel internacional permiten a sus empleados disfrutar de una breve siesta durante la jornada laboral, adecuando espacios específicamente para ello.

La siesta, sin embargo, es un arma de doble filo ya que también puede resultar perjudicial si no la practicamos en las condiciones adecuadas. Para que la siesta sea beneficiosa debe “cumplir” una serie de requisitos que iremos detallando a continuación.

En primer lugar, la siesta no es solo una costumbre sino que tiene una explicación biológica. El ciclo natural del día nos lleva a experimentar una bajada de energía hacia la mitad del día, acompañada de somnolencia. Por lo tanto, echar una cabezada en este momento tiene muchos beneficios para la salud, pero si lo hacemos en otros momentos del día puede ser perjudicial para el sueño nocturno; concretamente esto lo podemos observar en las personas mayores, que debido a sus siestas diurnas, entre otras cosas, no duermen bien durante la noche. Esta tendencia natural la podemos observar durante el verano. El hecho de que durante el verano se duerma más la siesta, nos indica que cuando no tenemos los rígidos horarios de trabajo seguimos una tendencia más natural y hacemos caso a nuestro propio cuerpo.

Por otro lado, la duración de la siesta también es importante. Mientras que una siesta corta hará que la persona mejore sus condiciones físicas y cognitivas, una siesta que se prolongue más allá de la entrada en sueño lento o profundo, podría alterar el sueño nocturno, provocando problemas para iniciar el sueño durante la noche, incluso de las personas que no tienen dificultades para dormir. También, si dormimos una larga siesta, podremos despertar sintiendo malestar físico, apatía o irritabilidad, sintiéndonos incluso peor de lo que nos encontrábamos antes de iniciar el sueño. La Agencia espacial norteamericana (NASA) ha declarado que una siesta de 26 minutos es la ideal. Ya desde hace tiempo se hablaba de este aspecto. Por ejemplo, se cuenta que Dalí dormía siestas, ya que le ayudaba para sentirse más inspirado. Aunque tenía una forma muy peculiar de practicarla. Para despertarse utilizaba la siguiente técnica: sostenía un cubierto (cuchara, tenedor…) o unas llaves, sobre un plato. Al entrar en un estado de sueño más profundo, la mano soltaba el cubierto y caía en el plato; con el ruido Dali se despertaba tras un breve tiempo de siestas, pero suficiente para sentirse más inspirado y descansado.

Por último, una siesta no requiere de los requisitos del sueño durante la noche. No es necesario meterse en la cama y dormir hasta que despertemos por nosotros mismos. Dormir recostado en un sofá puede ser suficiente, intentando crear las condiciones de luz y temperatura adecuadas.

En definitiva, no hay que sentirse culpable, ni perezoso, ni vago por tomar una siesta, ya que es algo natural, que se da en todas las culturas y nos puede aportar múltiples beneficios. Pero eso sí, hay que tener en cuenta las condiciones en las que debe realizarse.

Lo-Monaco-Gualberto-BuelaGualberto Buela Casal. Catedrático de Psicología Clínica y director del Laboratorio de sueño del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento (CIMCYC).

Lo-Monaco-Eva-HitaEva Hita Yáñez. Doctora en el programa de Neurociencias y responsable del Laboratorio de sueño del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento (CIMCYC).

 

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