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consejos del descanso

Los niños y el sueño

1. Dormir y crecer
Una de las preocupaciones más comunes en los padres es el número de horas que deben dormir sus hijos. Sin embargo, esta es una pregunta que debe responderse dependiendo de cada niño, pues no todos requieren un mismo número de horas.
En cualquier caso, tanto la cantidad como la calidad del sueño son dos conceptos fundamentales en el proceso del crecimiento infantil. Numerosos problemas psicomotrices, emocionales y de aprendizaje se derivan de la falta de sueño.
Por este motivo, es necesario que los padres sean capaces de compartir con sus hijos una rutina adecuada de descanso, de modo que los niños se acostumbren desde muy pronto a respetar ciertos hábitos que les beneficiarán notablemente.
Dormir bien es una condición inexcusable para crecer sano. Además, no hemos de olvidar que las horas de sueño constituyen el momento en el que más hormonas de crecimiento produce un niño. Sueño y salud son, como vamos a comprobar, dos conceptos profundamente unidos entre sí.
2. El sueño infantil: las normas de oro
icono ¿Cuántas horas debe dormir un niño?
Esta pregunta ofrece respuestas muy variables. En primer lugar, hemos de tener en cuenta que cada niño presenta unas necesidades especiales y, por tanto, no debemos partir de unos parámetros inflexibles, aunque sí dispongamos de un marco general que puede servirnos de orientación. Según los expertos en sueño infantil, las horas de descanso en un niño se distribuyen aproximadamente así:
  • Un bebé recién nacido duerme unas dieciséis horas como máximo a lo largo del día.
  • Los niños entre seis meses y un año duermen entre cinco o seis horas ininterrumpidas.
  • A partir del primer año y hasta que cumple cinco, el niño suele necesitar entre diez y doce horas de sueño. Normalmente, estas horas se distribuyen en diez o doce horas durante la noche y dos más a lo largo del día.
  • Ya en edad escolar, es aconsejable que los niños duerman unas diez horas.
En cualquier caso, la duración adecuada es aquella que permite al niño rendir plenamente en el colegio y mostrar un estado anímico normal, de manera que no percibamos en él síntomas de cansancio, irritabilidad o mal humor.
Asimismo, para asegurarnos de que el niño duerme el número de horas que necesita hemos de tener en cuenta el factor imitativo: cuanto más ordenados sean los hábitos de sueño familiares, más fácil nos resultará que el niño adopte esas mismas costumbres.
Por el contrario, en un hogar ruidoso o con mucha agitación durante las horas que preceden al sueño, es probable que el niño se oponga a irse a la cama a la hora prevista o que, en caso de obedecer, tarde en conciliar el sueño más tiempo del que sería esperable.
icono El sueño y la nutrición
Resulta fundamental cuidar la dieta del niño para favorecer sus horas de sueño. La cena ha de ser lo suficientemente copiosa como para que el niño no se despierte a medianoche con la excusa de que tiene hambre y, a su vez, debe ser tan ligera como para que el niño no sienta pesadez ni le cueste digerir lo que ha comido.
Este complicado equilibrio se puede conseguir fácilmente eliminando de las cenas las bebidas con cafeína, las golosinas, los dulces, las hamburguesas? A cambio, una cena rica en verduras y frutas resultará mucho más digestiva y será suficiente si se acompaña con un complemento adecuado de pescado o carne.
Debemos acostumbrar a los niños a que hagan dos comidas fuertes -desayuno y almuerzo-, mientras que la cena debe ser mucho más ligera, pues las digestiones pesadas son uno de los peores enemigos del descanso a cualquier edad.
3. Los padres, directores de escena a la fuerza
icono Primer acto: Penumbra y silencio
Para conseguir que los niños descansen tanto como necesitan, es fundamental que sus padres sean capaces de generar la atmósfera necesaria en el hogar.
Los médicos calculan que el cuerpo se prepara durante dos horas antes del momento de ir a dormir. A lo largo de este período -de duración variable dependiendo del individuo-, la actividad tanto física como mental se va relajando progresivamente, acercándose a la quietud necesaria para conciliar el sueño.
Esta fase o etapa previa al sueño requiere una serie de preparativos que constituyen sencillas -pero eficaces- herramientas contra el insomnio. De esta forma, podemos convencer al niño de que es hora de irse a la cama mediante pequeñas medidas como disminuir la intensidad de la iluminación doméstica o bajar el volumen del televisor o del equipo de música. Se trata de crear una atmósfera favorable al sueño, como si de dirigir una función teatral se tratase.
Al igual que un director escénico, hemos de buscar los elementos que nos permitan sugerir descanso, relax y silencio para que nuestro espectador infantil entienda que debe irse a la cama.
icono Segundo acto: rutina y costumbre
Antes de dormir es conveniente habituar a los niños a una serie de acciones que les permitan asociar rápidamente esas actividades con el momento previo al sueño y el descanso. De este modo, podremos evitar que el niño se niegue a acostarse a la hora que le corresponde. Un modelo de rutina podría ser el siguiente:
  • Avisar al niño de que ha llegado su hora de acostarse unos quince minutos antes de acostarlo.
  • Apremiarlo para que recoja sus juguetes y acostumbrarlo a ordenar su cuarto antes de irse a dormir.
  • Hacer que se lave los dientes.
  • Pedirle que se ponga el pijama.
  • Acompañarlo a la cama y contarle un cuento breve o, según la edad, hablar con él de algo que le resulte agradable y le permita conciliar el sueño.
  • Apagar la luz y mantenernos a su lado mientras que consideremos oportuno, para evitar posibles temores a la oscuridad o a quedarse solo en su cuarto.
icono Tercer acto: personajes secundarios
En ocasiones, el niño puede manifestar recelos, desgana e incluso rebeldía ante la idea de irse a dormir. En estos casos, resulta útil contar con la «complicidad» de objetos que puedan resultarle especialmente agradables
Peluches, muñecos o un «pijama favorito» son objetos nada desdeñables a la hora de irse a dormir. Se trata de pequeños estímulos que favorecerán nuestra intención y que actuarán como elementos persuasivos cuando el niño prefiera seguir jugando o, simplemente, cuando crea no estar tan cansado como para dormirse.
Los padres deben aprovechar estos recursos con habilidad y evitar, asimismo, generar una dependencia del niño con respecto a cualquiera de esos objetos. Se trata de que sean «cómplices», pero no fetiches insustituibles que puedan generar ansiedad al niño en el caso de que no pueda emplearlos una noche en la que duerma fuera de casa, por ejemplo.
icono Cuarto acto: los malos de la función
Dormir bien es una condición inexcusable para crecer sano
No hay argumento sin villano y, en este caso, son los padres quienes deben asumir ese desagradecido papel para defenderlo de la mejor manera posible.La imposición (del momento de irse a dormir, de la hora de levantarse de la cama, etc.) procede de los padres, de modo que el niño se rebelará contra ellos cuando no quiera abandonar sus juegos o dejar de ver la televisión a la hora prevista.
En situaciones así, es aconsejable que los padres se muestren dulces pero inflexibles. Se debe argumentar el porqué de la necesidad de ir a dormir y, en ningún caso, se ha de ceder ante posibles «chantajes» como dejar la luz encendida más tiempo del habitual o participar en «un último juego antes de dormir». Este tipo de excusas, una vez aceptadas, pueden convertirse en una rutina que no beneficie el descanso del niño.
Del mismo modo, es normal que los niños pidan a sus padres que se queden con ellos hasta que se hayan dormido. Aunque resulta comprensible, tenemos que ser cautelosos para evitar, de nuevo, futuras dependencias. Así pues, puede resultar más apropiado permanecer junto al niño, acariciando y agarrando su mano -de modo que se sienta protegido y seguro-, para salir del cuarto un poco antes de que se quede dormido, de modo que el niño se sepa capaz de afrontar el sueño a solas, sin necesidad de que estemos a su lado en todo momento.
4. Miedo a dormir
Muchos niños comienzan a negarse a ir a la cama debido al temor que les provocan las horas de sueño. Sus pesadillas pueden convertirse en un problema que les haga desobedecernos a la hora de irse a la cama.
Ante los miedos infantiles es importantísimo mostrar una sensibilidad que nos permita presentarnos ante ellos como aliados frente a sus temores. Deben percibir que comprendemos lo que les ocurre y que, en ningún caso, subestimamos su inseguridad. Se trata de convencerlos de que su temor es infundado, jamás de ridiculizarlos o de obligarles a irse solos a su cuarto.
El miedo a la oscuridad o a separarse de los padres son sensaciones normales en un niño. Por este motivo, los padres deben llevar a cabo una separación progresiva y siempre gradual, de modo que la separación en cuartos separados durante la noche no resulte traumática. Para facilitar la transición, es recomendable acompañar al niño hasta que se quede dormido en un principio y, paulatinamente, reducir ese lapso de tiempo anterior al sueño hasta que llegue a ser del todo innecesario.
Algunos niños sufren, además, de lo que se conoce como terrores nocturnos: pesadillas tan intensas que les hacen gritar y agitarse físicamente durante el sueño. Si observamos algo así en nuestros hijos, es imprescindible acudir a un especialista para que ayude a nuestro hijo a vencer sus miedos.
5. El sueño y el descanso, cosas de familia
Debemos respetar unas reglas claras y nítidas del descanso
Por último, es fundamental que la familia mantenga unos hábitos de sueño sanos y correctos, ya que los niños se adaptarán a ese mismo ritmo con mayor facilidad. Resulta difícil convencer a nuestros hijos de la importancia del descanso si nosotros mismos no respetamos unas reglas claras y nítidas que podamos compartir con ellos. La imitación y la persuasión son las herramientas más aconsejables -y más eficaces- para conseguir que los niños descansen tanto como necesitan.

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